Sin nombre definido (Capítulo 1)

Las dos lunas brillaban en el horizonte, regalando el espectáculo multicolor que sólo se podía observar cada 5 años.
No había nubes, ese era el trato natural. Habían 1824 noches más para que las etéreas mostraran sus figuras hipnóticas.
Tampoco había estrellas. Tal vez se encelaban del azul y el verde de las dos hermanas fluorescentes.
Sin embargo, aquella era una noche magnífica.

Fue, precisamente esa noche cálida y multicolor, que Yamhin nació. Eso no podía ser una coincidencia.
El niño nació en la calidez de su hogar. Del vientre a los brazos de su madre.
Hay que mencionar que, durante 5 años, nadie había nacido en forma natural... ¿Otra coincidencia?
Sus cabellos grises brillaban y se notaban los rayos verde-azules reflejados en ellos. Tildaban notas luminosas que embelesían los ojos de su madre y de los 7 sacerdotes que ahí se encontraban.

12 minutos habían pasado cuando, Yamhin, pronunció sus primeras palabras.
-Luna agitat aurum-. No hubo respuesta a la frase.
Los sacerdotes se observaban unos a los otros mientras asentían con la cabeza. Sólo uno de ellos no aprobó el asunto.
Kinkha nunca estuvo convencido al respecto, y no dudó en mostrar su rechazo mientras los otros 6 lavaban el cuerpo del recién nacido.

Kamhir entregó, al primogénito, un báculo de madera con una esfera azul en su punta, mientras él conservó uno igual, con la esfera verde.

Yamhin recibió el regalo e inmediatamente lo arrojó al fuego de la vieja chimenea.
Brasas rojas, moradas y rosas salieron de aquel hueco.
Cuando el fuego, al fin, se extinguió, Yamhin tomó su báculo con la mano izquierda.
La larga pieza de madera no había sufrido quemaduras. Inclusive, se veía un tanto más brillosa, y la esfera tenía un color azul intenso, como el de la Luna de aquella noche...

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